Era el 9 de Agosto, la noche previa al medio maratón de Montemorelos, Nuevo León. Aldo, mi hermano, planeaba correrlo la mañana siguiente e intentar hacer una marca personal. Nos encontrábamos cenando él, unos amigos y yo. La charla giraba alrededor de la carrera próxima y todo el camino que tuvo que recorrer para poder estar a la altura de su objetivo.

Todos a la mesa escuchábamos admirados lo que mi hermano narraba. Verdaderamente la charla inspiraba escoger un deporte e intentar conseguir una medalla olímpica.

Aldo, mi hermano, muy pequeño encontró su pasión en el gimnasio, pero desde hace un par de años descubrió y se ha dedicado principalmente al running. Su nivel de disciplina y dedicación lo han llevado lejos en el deporte, no lo digo sólo porque sea mi hermano, lo digo porque es verdaderamente un ejemplo a seguir.

En la mesa también estaba Edgar, un amigo que ha estado conmigo desde ya hace varios años. Hemos estado juntos en clubes, campamentos, todo tipo de aventuras. A mi parecer, nuestra temporada más importante fue siendo estudiantes. Vivimos juntos alrededor de 3 años, años en los que tuvimos una dinámica bastante competitiva en lo relacionado a la academia.

Solíamos tener un horario de guardia para estudiar. Yo estudiaba desde la noche hasta tarde en la madrugada, mientras él dormía. Después, lo despertaba para que él comenzara a estudiar y yo comenzara a dormir. En la mañana, él me despertaba a mí para ambos salir a nuestras responsabilidades del día. Esta dinámica nos hizo tener éxito en nuestras carreras universitarias, sin duda.

Entonces, estábamos cenando, inspirados por la charla de mi hermano, cuando Edgar dijo:

—Arturo, ¿y qué vamos a hacer nosotros?

Edgar me preguntó directamente, sin posibilidad de evadirlo. Contó que había regresado a nadar apenas unas semanas atrás y que sabía de una competencia de aguas abiertas próxima a la que podíamos inscribirnos. Si bien la natación es un deporte que hice por muchos años viviendo en Veracruz, hacía tiempo que no lo practicaba constantemente desde que me mudé a Nuevo León.

El reto era claro: Nadar 3.5 km de aguas abiertas, cruzando la presa del Cerro Prieto en Linares, Nuevo León. Faltaban aproximadamente 2 meses para la carrera y yo llevaba quizá un año sin nadar más de 500 metros. Él tampoco había hecho una distancia tal en su vida, mucho menos en aguas abiertas, por mucho que hayamos vivido por varios años frente al mar.

La presión de grupo podía sentirse. Mi hermano el gran deportista aprobando la coerción y el resto asegurando que la idea no podía ser tan mala.

—¿Será posible? —pregunté. —¡Claro que sí! ¿Por qué no podríamos hacerlo? —respondió Edgar seguro. Después entenderíamos lo ingenuos que estábamos siendo. Pero acepté. Haríamos el Cruce de Linares el 12 de Octubre de 2025.

El entrenamiento

Enseguida discutimos el plan de entrenamiento, con quiénes íbamos a asesorarnos para entrenar y compromisos semanales que entre los dos no íbamos a permitir se rompieran. Para el lunes siguiente, ya estábamos propiamente inscritos en el evento. No había vuelta atrás ni tiempo que perder.

Durante los meses de entrenamiento no fui el más constante —La vida se atraviesa —dice uno. Cada que me encontraba en Montemorelos el compromiso era ir a nadar con el grupo que Edgar tenía allá, la cita fue a las 5AM todas las mañanas, sin importar el clima. Estando en Monterrey, yo era mi único coach y luché por no perderme entrenamientos. Creamos la costumbre de chismear el Strava de cada uno para asegurarnos que habíamos cumplido con el entrenamiento de día.

La realidad es que mientras más avanzaba el entrenamiento, más me daba cuenta que lo que habíamos hecho era un error. No me sentía listo. La distancia parecía imposible. Después de casi un mes entrenando no lograba nadar más de 500 metros sin detenerme. Me aterraba la idea de estar en medio de una presa, de la cuál no me había atrevido a investigar la profundidad, con 2.5 kilómetros de camino restantes y sentirme agotado para entonces.

—Confía en el proceso —me repetía constantemente. No confiaba mucho, pero me lo repetía sin parar cada domingo saliendo del gimnasio sin haber logrado superar por mucho la distancia máxima.

Así pasaron los meses. Cuando por fin un domingo de distancia, logré 2.5 kilómetros, el 70% del objetivo. Ese día entendí que confiar en el proceso estaba dando resultados. Sin embargo, faltaban 1.5 kilómetros. Aparte, comenzaba a preocuparme de no tener experiencia en aguas abiertas. Meses atrás habíamos dicho que iríamos de vez en cuando a nadar a algún cuerpo de agua, ¡pero nunca se hizo! No se veían días disponibles en el calendario para hacerlo antes del evento. Ahora comenzaba a arrepentirme.

La semana previa al evento, tuve una lesión y no pude nadar en absoluto. Faltaba tan poco, esa semana habría sido la de mayor volumen de entrenamiento. Cada día despertando con dolor me decía que lo más seguro era que cancelaría mi participación. Edgar y Aldo insistían en que no me rindiera sino hasta el último momento. Todo podía suceder, quedaban algunos días para entrenar. Justo una semana previa, pude ir a nadar. Honestamente sentía que la esperanza estaba perdida y que la decisión más sensata era cancelar. Pero a regañadientes cumplí todos los entrenamientos aquella semana.

El día del cruce

Así llegó el día del evento. La agenda era extensa: Madrugar, viajar a Linares, nadar, sobrevivir, viajar de vuelta. Todo el plan era imposible sin la ayuda de mis amigos, que desde que supieron del reto estaban completamente a bordo.

A como es común en situaciones como estas, no pude dormir bien la noche previa. Llevaba tres semanas preocupado por la decisión, luchando contra mi mente y el miedo. Apenas desperté, hice lo posible por poner mi mente en modo avión. No pensé en el cruce durante toda la madrugada en el camino a Linares. Desde el exterior me veía realmente tranquilo, pero la verdad es que dentro de mi mente, estaba luchando con todo por mantener el miedo a raya.

Si hubieran podido escuchar mis pensamientos en el instante que llegamos a la presa y pude ver en el horizonte la distancia a recorrer. Pánico total. No hay otra forma de describirlo. —¿Qué rayos estoy por hacer? —me decía. Edgar se veía en paz, aparentemente, seguro pensaba lo mismo de mí. La única verdad es que los dos estábamos en pánico.

Chapuzón de realidad

Nos formamos, caminamos al agua y engañándonos el uno al otro, entramos confidentemente a nadar. No había vuelta atrás, ¿o sí?

Los primeros 500 metros fueron un desastre. Todo se sentía absolutamente distinto al entrenamiento y todos los metros que había nadado en mi vida hasta ese momento. Si bien no me estaba ahogando, no paraba de tragar agua cada dos respiraciones y entré en pánico. Sentía mi corazón latir a como si estuviera nadando a velocidad máxima, pero apenas me movía. Mi mente se descontroló y sólo podía pensar, —¿Qué rayos hice? ¿Dónde está la barca de seguridad? No podré terminarlo.

Si los primeros metros se estaban sintiendo tan terribles, sólo podía pensar que los kilómetros restantes serían igual o peores. En un par de ocasiones me abracé de la bolla de seguridad. Pensaba en que Edgar seguro estaría lejos delante de mí, teniendo más éxito que yo. Estaba en esos dramáticos momentos, cuando desde atrás mío escuché una voz familiar gritar —¡Nademos de pecho!

No podía creerlo. ¡Era Edgar! Notablemente atravesando un momento muy similar al mío. Ambos estábamos aturdidos. Nos emparejamos y comenzamos a nadar de pecho para intentar encontrar nuestro ritmo. En ese momento pude por fin poner mi mente en orden. Era la motivación que necesitaba. Renunciar, si bien una posibilidad, no era lo correcto. Cada brazada me intentaba repetir, —mi cuerpo puede aunque la mente se rinda —. Y así, sufriendo un poco, se completaron los primeros 500 metros.

Todo comenzó a sentirse más claro en ese momento. Por fin estaba en mi elemento. La carrera apenas comenzaba. Olvidé el sentimiento de vergüenza por ir hasta el final del grupo, olvidé parcialmente el miedo, recordé todo lo que había entrenado y pensaba en que al final todo valdría la pena. Sí estaba listo para esto.

La ruta continuó hacia el interior de la presa. Si bien no era la primera vez que estaba “a la deriva” en un cuerpo de agua tan grande, esta ocasión se sintió más solitario que nunca. Yo era responsable de llevarme a la costa, usando mi propio cuerpo.

Para entonces ya me encontraba solo, Edgar había tomado la delantera. El monólogo mental estaba al máximo, contemplaba la costa a lo lejos y ejercitaba mi paciencia a como nunca antes. Pasaban los minutos y yo sólo intentaba mantenerme paciente a pesar de percibir que la costa no se estaba acercando en absoluto.

Un calambre me sorprendió al kilómetro 2, me detuve un momento y el pánico quizo controlarme de nuevo. Ya estaba en otro estado mental y pude soportar para continuar nadando apenas estiré unos segundos mis piernas. No me iba a rendir tan lejos, todavía tenía varios metros por delante y ahora estaba seguro que iba a lograrlo.

Hasta dónde vine a terminar por culpa de mis amigos

Mientras me acercaba a la orilla pensaba en aquella cena donde todo comenzó. Ahora que estaba viviendo la realidad del reto al que nos metimos, entendía lo ingenuos que fuimos. Si bien el entrenamiento fue bueno, ninguno de los dos anticipamos la realidad del reto y su complejidad. Me reía conmigo mismo por haber aceptado. ¿Habría hecho algo así por decisión propia? No lo creo, y eso es muy importante.

Estaba haciendo algo que jamás en mi vida había creído posible. A pesar de considerarme alguien aventurero y con mucha capacidad, cada que platicaba con otras personas que haría el cruce de Linares, en mi mente estaba la desconfianza de si en verdad lograría hacerlo.

Sin la presión de grupo que mis amigos ejercieron esa noche, no habría estado ahí, en medio de la presa más grande el estado e intentando nadar la mayor distancia que había nadado en mi vida.

Si bien aterrado por dónde estaba, estaba agradecido con haber aceptado el reto. No era una situación nueva, me di cuenta. Es algo que con otros amigos ya había hecho anteriormente a lo largo de los años. Empujarnos el uno al otro hacia el acantilado, a veces de forma no tan metafórica.

Empujarnos hacia donde creíamos que no era posible. —No creo poder nadar tanto —diría uno de los dos. —¡Cómo no, claro que puedes! —diría el otro. Cuestionarnos, preguntar por qué constantemente, recomendar libros, preguntar cosas complejas, tocar la puerta en la madrugada para ir al gimnasio aún sabiendo que el otro no tiene la más remota energía para ir. Insistir, con mucho amor detrás de, en ir más allá. Ese es el tipo de acantilado al que seguiría a mis amigos siempre.

Sólo basta con que uno de nosotros tenga la curiosidad de ir más lejos o que uno exprese que tiene miedo de hacer algo, para que en grupo pongamos toda la presión posible para lograrlo.

Llegué a la orilla. Feliz, emocionado, un poco sorprendido de haber llegado. No daba crédito de haberlo logrado comparando lo terrible que experimenté los primeros metros.

Todos mis amigos estaban ahí, todas las personas correctas.

Edgar había llegado unos minutos antes. Nos miramos y reímos. —Subestimamos esto, ¿no lo crees? —me dijo. Él, que había estado desde el primer momento tan seguro de lo que hacíamos, lo aceptaba. Lo subestimamos, sí, pero ¿de qué otra forma nos habríamos animado a hacerlo?

Nos pusimos a trabajar cuando el reto fue establecido, de la mejor forma posible, logramos hacer el cruce. Sin la presión social que los amigos correctos ejercieron sobre mí, no tendría ahora todo un espectro de posibilidades desbloqueado ante mí. Siempre había sido posible ir más lejos de lo que imaginaba.

La experiencia fue increíble. Dolió, dio miedo, estuvo cansado, pero realmente fue increíble. Agradezco tener amigos que te empujan así, física, intelectual y emocionalmente. Explorar lo desconocido es terrorífico, no intento disfrazo la realidad. Pero hay caminos que nos esperan al otro lado del miedo y los amigos correctos nos pueden ayudar a dar el paso —Muchas veces literalmente acompañándonos.

Ahora sé que es posible nadar más lejos, que es posible entrenar más fuerte y que mi mente no siempre dice la verdad, ahora sé que puedo controlar el miedo. Tengo una experiencia más que contar, que de ninguna otra forma habría podido vivir.

Esperamos el siguiente año hacer otro cruce, el entrenamiento tiene que seguir. También espero el siguiente año me presionen para aprender cosas nuevas, complicadas y que den miedo hacer. Estoy listo para ser la porra que mis amigos necesiten en todo lo que se les ocurra, a como lo han sido conmigo.

Con los amigos correctos, saltar del acantilado no es tan mala idea.

Pd: ¡Gracias a los que estuvieron presentes!